Ella era una persona valiente, más valiente que ninguna y lloraba, lloraba mares. A ella le gustaba leer, pasaba los días devorando libros. Uno tras otro, ninguno se le resistía. Le gustaba muchísimo mirar por la ventana y imaginarse historias que jamás sucedían. Se pasaba las horas pensando en sus sueños, y no veas como luchaba por conseguirlos. Era pura dinamita, no paraba hasta que no tenía lo que quería.
Yo la conocía mejor que nadie, ella me dejo conocerla. Tenia una armadura más dura que todos los hierros del planeta puesta, la cargaba todos los días. Yo siempre me preguntaba: ¿Qué necesidad tienes de cargar con tanto peso?
Jamás le dije nada, no sabía como plantearle la huida. No sabia como decirle que sin todo ese peso que llevaba, podía correr más rápido, podía incluso aprender a quererse un poco más de lo que lo hacía o simplemente podía caminar en calma.
Se le veía muy pesada, todo lo sumaba a su armadura, todo era suyo aunque no lo fuera. Yo la entendía... ¿Cómo pretendía ser feliz con tanto peso?
Ella trabajaba en una escuela, adoraba la educación y le encantaba su trabajo. Siempre decía que le hacía feliz. Era el único momento en el día en el que estaba en paz, ni una guerra aunque en su cabeza se guerreaba todos los días. Era increíble, la educación le salvaba de la vida.
También le encantaba hacer deporte, tengo que reconocer que lo llevaba en la sangre. Amaba la vida de una deportista, lo mejor es que valía para ello. Claro que valía. El baloncesto era su debilidad, en realidad era lo único que tenías claro cuando le mirabas. Que amaba esto más que nada. Me sorprendía mucho pero cuando se ponía esas zapatillas era otra, incluso se le veía más guapa. Sonreía, joder. Era feliz, la cancha era su hogar. Siempre lo fue, es de las únicas personas con las que me he cruzado que le he visto que algo le cambiaba la vida en un segundo. En su caso era el baloncesto lo era todo para ella.
Yo la observaba siempre desde fuera, había que tener mucho cuidado con ella. Era de esas personas de doble filo que sin querer daña. Ella estaba demasiado dañada para no defenderse y nunca se acercaba a nadie, jamás. Juraría que le gustaba la soledad aunque le atemorizaba estar sola.
Lloraba todos los días, llevaba demasiado peso a su espalda. Necesitaba liberarse y salir corriendo, huir lejos y encontrarse. Todas las mañanas se miraba al espejo, no le gustaba arreglarse pero el día que se arreglaba era preciosa. Tenía una esencia indiscutible.
El otro día mientras se ponía la ropa de jugar a baloncesto, la miraba y mientras tanto veía su ilusión por jugar. Era distinta a todas las demás que jugaban, adoraba esto por encima de todas las cosas. Nunca entendí como no era capaz de verse como yo la veía. Nunca entendí porque hacía falta un cristal al salir de casa, si no le gustaba arreglarse. Quizás necesitaba buscar espejos en los que mirarse o simplemente encontrarse. Necesitaba encontrarse, lo tengo claro.
Acaba de entrar por la puerta, no se ha dado cuenta que escribía sobre ella. No se ve como el resto la ven, no tiene capacidad para quitarse la armadura y admirarse. Se ha quedado mirandose al espejo y se le estaban cayendo las lagrimas. Llorar es de valientes dicen. Entra por la puerta y saluda, aunque por dentro necesita decir adiós.
Justo en ese momento se sienta en su cama y mira los cuadros de su habitación. Suelta un grito desgarrador. Me da miedo acercarme, daña a cualquiera y más cuando no esta bien. Me acerco y me siento a su lado, le abrazo. Todo en silencio con lo bonito que es el silencio. Deja de llorar y se me queda mirando, yo soy su reflejo. Soy un espejo que tiene delante que narra lo que siente, pero en realidad es ella misma hablando de si misma.