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viernes, 17 de abril de 2020

Espejos.


Ella era una persona valiente, más valiente que ninguna y lloraba, lloraba mares. A ella le gustaba leer, pasaba los días devorando libros. Uno tras otro, ninguno se le resistía. Le gustaba muchísimo mirar por la ventana y imaginarse historias que jamás sucedían. Se pasaba las horas pensando en sus sueños, y no veas como luchaba por conseguirlos. Era pura dinamita, no paraba hasta que no tenía lo que quería. 

Yo la conocía mejor que nadie, ella me dejo conocerla. Tenia una armadura más dura que todos los hierros del planeta puesta, la cargaba todos los días. Yo siempre me preguntaba: ¿Qué necesidad tienes de cargar con tanto peso? 

Jamás le dije nada, no sabía como plantearle la huida. No sabia como decirle que sin todo ese peso que llevaba, podía correr más rápido, podía incluso aprender a quererse un poco más de lo que lo hacía o simplemente podía caminar en calma. 

Se le veía muy pesada, todo lo sumaba a su armadura, todo era suyo aunque no lo fuera. Yo la entendía... ¿Cómo pretendía ser feliz con tanto peso? 

Ella trabajaba en una escuela, adoraba la educación y le encantaba su trabajo. Siempre decía que le hacía feliz. Era el único momento en el día en el que estaba en paz, ni una guerra aunque en su cabeza se guerreaba todos los días. Era increíble, la educación le salvaba de la vida. 

También le encantaba hacer deporte, tengo que reconocer que lo llevaba en la sangre. Amaba la vida de una deportista, lo mejor es que valía para ello. Claro que valía. El baloncesto era su debilidad, en realidad era lo único que tenías claro cuando le mirabas. Que amaba esto más que nada. Me sorprendía mucho pero cuando se ponía esas zapatillas era otra, incluso se le veía más guapa. Sonreía, joder. Era feliz, la cancha era su hogar. Siempre lo fue, es de las únicas personas con las que me he cruzado que le he visto que algo le cambiaba la vida en un segundo. En su caso era el baloncesto lo era todo para ella.  

Yo la observaba siempre desde fuera, había que tener mucho cuidado con ella. Era de esas personas de doble filo que sin querer daña. Ella estaba demasiado dañada para no defenderse y nunca se acercaba a nadie, jamás. Juraría que le gustaba la soledad aunque le atemorizaba estar sola. 

Lloraba todos los días, llevaba demasiado peso a su espalda. Necesitaba liberarse y salir corriendo, huir lejos y encontrarse. Todas las mañanas se miraba al espejo, no le gustaba arreglarse pero el día que se arreglaba era preciosa. Tenía una esencia indiscutible. 

El otro día mientras se ponía la ropa de jugar a baloncesto, la miraba y mientras tanto veía su ilusión por jugar. Era distinta a todas las demás que jugaban, adoraba esto por encima de todas las cosas. Nunca entendí como no era capaz de verse como yo la veía. Nunca entendí porque hacía falta un cristal al salir de casa, si no le gustaba arreglarse. Quizás necesitaba buscar espejos en los que mirarse o simplemente encontrarse. Necesitaba encontrarse, lo tengo claro. 

Acaba de entrar por la puerta, no se ha dado cuenta que escribía sobre ella. No se ve como el resto la ven, no tiene capacidad para quitarse la armadura y admirarse. Se ha quedado mirandose al espejo y se le estaban cayendo las lagrimas. Llorar es de valientes dicen. Entra por la puerta y saluda, aunque por dentro necesita decir adiós. 

Justo en ese momento se sienta en su cama y mira los cuadros de su habitación. Suelta un grito desgarrador. Me da miedo acercarme, daña a cualquiera y más cuando no esta bien. Me acerco y me siento a su lado, le abrazo. Todo en silencio con lo bonito que es el silencio. Deja de llorar y se me queda mirando, yo soy su reflejo. Soy un espejo que tiene delante que narra lo que siente, pero en realidad es ella misma hablando de si misma.  

La tercera estrella.

He hecho música en un abrir y cerrar de ojos;
mirando tu foto todo fluye, no te quiero engañar.
No te voy a mentir, me provocas todas esas cosas.
¿Qué cosas?-Te estarás preguntando-
La poesía conoce todas esas cosas pero si deseas
saber un poco más de ello puedes continuar leyendo.

Te he mirado gritando que te quedes y has decido salir.
No pasa nada, era tu decisión de huida siempre
fui capaz de entenderla, sin compartirla.
Sin compartir el trozo de bizcocho que dejaste antes de ir.
No me culpes, necesitaba sentirte por una última vez.
La última vez, esa que fue llena de lágrimas a escondidas
y abrazos en público.

No entiendes de firmamentos, yo tampoco pero siempre que
miro la tercera estrella sé que estás mirándome desde ella.
Aunque tú ni tan siquiera lo sepas, aunque yo  deseo que así sea.

Te he mirado en un millón de idiomas y he decidido que te necesito
conmigo para compartir todas estas huidas fantasmas.
Siempre he decidido que me quedo contigo, aunque tú nunca entendiste
el significado de ello.

Siempre salias corriendo, como si todo, como si nada.
Tratando de huir contigo de ti y yo siempre decidía admirarte.
Admirarte porque siempre pensé que querer era amar, mirar y
admirar.

Hablemos de tu huida. Tu siempre volaste como nadie,
parecías ese colibrí que sale siempre volando.
Nunca quisiste que te hicieran daño, qué razón tenías,
el miedo al daño sana.


Sana porque si estas preparado, nunca te hacen daño.
Al menos no en público. Tu volabas y sonreías deseando
volver a casa. Deseando salir de esta simulación llamada
vida.

Pero te aferrabas a ella como nadie, te ataste a ella y por mucho
dolor que esta te causaba seguías agarrada. Siempre pensé que eras
de hierro, porque fuiste fría y muy dura a su vez.

Pero el día que abriste las alas, decidí que no. Que estabas llena de suspiros,
de me quedo a medias porque siempre vas a estar conmigo. Aunque no te vea,
aunque te quiera cerca.

La tercera estrella siempre será nuestro secreto.

miércoles, 15 de abril de 2020

Aprender a valorar.

Me he puesto la ropa de valiente, me he sentado en la ventana y me he parado a ver la vida pasar. No es sencillo cuando eres incapaz de canalizar el dolor que sientes. Mis lagrimas no paraban de caer por mis mejillas algunas se apresuraban y otras en cambio se tomaban su tiempo para descender. Mientras tanto yo con la visión nublaba observaba. Observaba la vida que mientras que yo estaba hundida continuaba sin mi.

Un pajarito no dejaba de cantar, me recordaba que en los tiempos difíciles debo seguir adelante que al final eso es vivir, aprender a disfrutar de todo lo que la vida nos regala. Pero, hoy no estoy bien. Me toca aceptar que no me siento bien pero que algún día me reiré de esta situación, que nunca llueve para siempre.  Empiezo a recordar todo aquello que hace unos meses me hacia feliz y un día me clavo un puñal en el pecho que me dejo la única cicatriz que me gustaría recordar todos los días de mi vida. Claro que hay millones de cosas que echo de menos. Echo de menos el olor de la cancha, el ponerme las zapatillas de baloncesto y el simple hecho de mirar el aro y sentirme invencible. Hoy no estoy bien aunque sé que lo estaré, que esta sensación se me pasará.

Vivo buscando espejos para aprender a canalizar mi dolor, espejos que no me abran en canal, espejos en los que poder mirarme. Te encuentro a ti, que te has cruzado por mi camino y entiendo mi dolor. Comienzo a comprender mis miedos y mis inseguridades. Te miro y entiendo que todo túnel tiene su final, su rayo de luz. No me siento bien, mi rodilla no reacciona como antes. Siento miedo, joder, muchísimo miedo. Te vuelvo a ver después de esta tortura anotando una bandeja y me hundo. Me hundo hasta el fondo del pozo, ojalá yo algún día vuelva a poder anotar puntos o a defender. Con defender me conformo aprendí que en la vida el mejor ataque es una buena defensa. Me seco las lagrimas y me pongo la ropa de baloncesto mientras me miro al espejo. Empiezo a entender mi dolor, es hora de aprender a hacer de ese dolor una oportunidad para ser más fuerte. La lesión me ha enseñado otra forma de ver las cosas, he aprendido el simple valor de volver a caminar y todo lo que antes no veía y hoy apreció. Los pequeños detalles les llaman. Bueno, llega la hora de seguir trabajando. La cicatriz de la rodilla derecha me recuerda que es hora de volver a hacerme fuerte. Me subo encima de mi bici y comienzo a pedalear.