La vida viene y va o va y viene, no lo tengo claro. Llevo media vida dejándome llevar, sin controlar a pesar de pisar el acelerador a fondo cuando llega la curva. A pesar de necesitar esa adrenalina para seguir viviendo. Por eso aceleró, porque tengo la necesidad de sentirme muy viva durante un momento, un instante que se prolonga por todas mis terminaciones nerviosas. Vivimos planeando pero es irónico que no tengamos el control de nada. Vivimos con una organización milimétrica de nuestro tiempo. Una organización que rompe cuando algo nos saca del camino que hemos decidido seguir. Una organización que por unos minutos nos hace replantearnos el camino, nos hace amar la rutina. Somos instantes llenos de vida, somos momentos en los que vivimos y nos olvidamos de todo, simplemente sentimos. Somos cuando nos dejamos llevar, cuando llega la peor caída de la atracción y disfrutamos de ello. Somos momentos, segundos que van y no vuelven. Junto a todo eso, somos grupos. Grupos de personas que necesitamos para sobrevivir. Personas medicina. Personas que nos dan más oxígeno que el oxígeno. Personas que si nos faltan nos dejan sin nuestra parte más importante de la vida. Y nos faltan, porque llega un momento que todo falta. Y entonces nos acordamos de cuando no faltaba, de lo felices que éramos discutiendo con esa persona y lo poco que lo sabíamos. Es tan complicado como que somos tiempo y somos eternos a la vez. Tan simple cómo que sin personas no somos nada y con ellas no queremos serlo. Me gustaría reflexionar, parar un segundo y aceptar que el tiempo vuela y vivimos preocupados de atraparlo cuando deberíamos dejarnos llevar.