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domingo, 23 de febrero de 2014

Eras tú.

Era una fría tarde de primavera. Caminando por el largo paseo de la vida, haciendo cuentas con el destino. Hablando con el diablo y sintiendo como cada día, el fino viento rozaba mis mejillas, ligeramente sonrosadas. Ese aire que al rozar mi piel abría heridas cerradas por el tiempo. Heridas que creía cosidas, heridas que ni tan siquiera yo recordaba tener. Cada paso, cada respirar, me causaba una pequeña cascada de sentimientos. A cada minuto observaba como todo cambiaba, observaba como el mundo que yo creía tan real, aquel mundo que dibujaba con pinturas desde que sonreí por primera vez. Aquel mundo tan perfectamente irreal se iba viniendo abajo y yo, sin saber el cómo, me mantenía firme. Llevaba demasiadas horas caminando. La suela de los zapatos, desgastada. Incluso podías ver los rasguños de mi pantalón de tantas veces que pasé en el suelo. A pesar de todo, seguía caminando.
Mis pequeños ojos castaños miraban hacia adelante, quizá con el miedo que los mira una persona de mi edad. Todos los días sobre las 4 de la mañana mi charla diaria con el diablo. Mis continuas caídas y mis derrotas sumadas. Cuando incluso mantenerse de pies se me hacía imposible, estabas tú. Estabas tú con tu sonrisa momentánea y tus manos heladas que me hacen recordar que algún día mereció la pena volver a sentir el frío en mi cuerpo. Ese momento en el que tus manos recorrían mi cuerpo, ese momento en el que hacíamos poesía bajo las sábanas con aquella canción de fondo que hacía que el cuerpo se me congelase. Ese frío que me congelaba hasta el alma. El cigarro y las últimas caladas de este que compartíamos con sonrisas y caricias. Eras tú, el único capaz de hacerme sentir todo y quitarme todo de golpe. Y duele saber que ya no estás, quizá te fuiste pero estoy segura de que ya no volverás. No volverás para susurrarme al oído nada que no haya escrito en mi diario, aquel que leías a escondidas mientras yo me hacía la dormida. Tus veladas mirándome y todos esos poemas que me leías todas las noches para acabar el día. Todas esas lágrimas que derramábamos tras una discusión fuerte que todas acababan convertidas en “te quiero”. Te fuiste y cada día sé que fue la mejor elección de tu vida y quizá de la mía. Aunque siga echando de menos el olor de tu piel y el olor de tu ropa que me encantaba ponerme. Tu pequeña sonrisa y a centímetros de mis labios como te dejabas la marca de los dientes en ellos. Sencillamente te fuiste y mentiría si diría que no me he acordado de ti durante este tiempo pero nadie nunca sabrá los secretos que guardamos bajo las sábanas todas las noches y las cartas de amor que me dedicabas todas las mañanas con el desayuno en la cama. Ciertamente, fuiste mi vida pero ahora debo vivir sin ti, sin tus besos y sin tus manos frías.

Ahora cada vez que siento frío, te siento, no te culpo fuimos dos equivocados en busca de un destino que nunca fue juntos. Me equivoqué pensando que eras tú y nos mentimos con promesas que ahora le estarás diciendo a otra, te volverás a equivocar, te volverás a enamorar pero está vez, no me mentirás a mí.

martes, 4 de febrero de 2014

Los 124 lunares.


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Un pequeño colibrí aleteaba rápidamente por delante de mi mirada, rozaba lentamente mi cara y continuaba su camino. Se escuchaba el sonido de los grillos que marcaban el latido de mi corazón cuando sentía que ni tan siquiera yo misma podía entenderme. Me sentaba en la cama y me dedicaba a echarle de menos mientras el reloj corría y mi mente, sola, podía imaginarse que le tenía o al menos eso pretendía
Recordaba aquellos días en los que era cerrar los ojos y sentir tus manos frías sobre mi espalda provocando escalofríos. Conocía todos y cada uno de los lunares perdidos en su cuerpo, juntos sumaban 124. Los estúpidos lunares de la espalda que marcaban una silueta que me transmitía algo más de lo que  fue capaz de decirme con palabras. Todas las noches a la bajada de la luna, abría mis pequeños ojos oscuros y le veía dormir. Era probablemente, la primera maravilla del mundo. Su cabeza perfectamente recostada en el colchón, aquel colchón que aguantaba también el peso de nuestros sueños. Su precioso torso ligeramente moreno tapado con la delgada sábana que cubría también el mío. Podía pasarme horas mirándole. Hasta sus gestos cuando dormía tenían algo especial que me encantaba. Resultaba bonito despertarse tan cerca de sus delicados labios perfectamente perfilados y con su ligero tono rosa tan peculiar que los hacían únicos. Nuestra guerra todas las mañanas antes de comenzar los días, antes de enfrentarnos al mundo que muchas veces nos quitaba las ganas de caminar.

Siempre que anochecía recostados en nuestro pequeño sillón negro, nos contábamos las vivencias del día mientras me inventaba mil formas de perder la cabeza con él. Todo empezaba con delicados besos y acababan en te quiero con ritmo de canciones. Ni tan siquiera yo me daba cuenta lo loca que me podía volver por él. Cada segundo, por mi mente, era una imagen suya en la que yo maldecía que fuera tan increíblemente imperfecto para todos pero tan alucinantemente perfecto para mí.


Eran sus caderas las que me hacían olvidar los besos que me daba en la comisura de los labios. Devolverme las ganas de todo y él mismo saber cómo quitármelas, Siento que a pesar de mi larga lista de peros, le quiero más de lo que nunca podré expresarle y siempre le acabaré echando de menos cuando cuente los lunares en la espalda de cualquier otro que no sea él. Aunque nunca puedan dibujar aquella silueta en forma de corazón que tenía perfectamente marcada en la espalda, que me encantaba remarcar cada mañana antes de poner el primer pie en el suelo. Algo que siempre recordaré aunque estés más lejos que ayer y más cerca que mañana. A pesar de todo nunca podré olvidar los 124 lunares que marcaban el final del día y el comienzo de la noche.