Era una fría tarde de primavera. Caminando por el largo
paseo de la vida, haciendo cuentas con el destino. Hablando con el diablo y
sintiendo como cada día, el fino viento rozaba mis mejillas, ligeramente
sonrosadas. Ese aire que al rozar mi piel abría heridas cerradas por el tiempo.
Heridas que creía cosidas, heridas que ni tan siquiera yo recordaba tener. Cada
paso, cada respirar, me causaba una pequeña cascada de sentimientos. A cada
minuto observaba como todo cambiaba, observaba como el mundo que yo creía tan
real, aquel mundo que dibujaba con pinturas desde que sonreí por primera vez. Aquel
mundo tan perfectamente irreal se iba viniendo abajo y yo, sin saber el cómo,
me mantenía firme. Llevaba demasiadas horas caminando. La suela de los zapatos,
desgastada. Incluso podías ver los rasguños de mi pantalón de tantas veces que
pasé en el suelo. A pesar de todo, seguía caminando.
Mis pequeños ojos castaños miraban hacia adelante, quizá con
el miedo que los mira una persona de mi edad. Todos los días sobre las 4 de la
mañana mi charla diaria con el diablo. Mis continuas caídas y mis derrotas
sumadas. Cuando incluso mantenerse de pies se me hacía imposible, estabas tú.
Estabas tú con tu sonrisa momentánea y tus manos heladas que me hacen recordar
que algún día mereció la pena volver a sentir el frío en mi cuerpo. Ese momento
en el que tus manos recorrían mi cuerpo, ese momento en el que hacíamos poesía
bajo las sábanas con aquella canción de fondo que hacía que el cuerpo se me
congelase. Ese frío que me congelaba hasta el alma. El cigarro y las últimas
caladas de este que compartíamos con sonrisas y caricias. Eras tú, el único
capaz de hacerme sentir todo y quitarme todo de golpe. Y duele saber que ya no
estás, quizá te fuiste pero estoy segura de que ya no volverás. No volverás
para susurrarme al oído nada que no haya escrito en mi diario, aquel que leías
a escondidas mientras yo me hacía la dormida. Tus veladas mirándome y todos
esos poemas que me leías todas las noches para acabar el día. Todas esas lágrimas
que derramábamos tras una discusión fuerte que todas acababan convertidas en “te
quiero”. Te fuiste y cada día sé que fue la mejor elección de tu vida y quizá
de la mía. Aunque siga echando de menos el olor de tu piel y el olor de tu ropa
que me encantaba ponerme. Tu pequeña sonrisa y a centímetros de mis labios como
te dejabas la marca de los dientes en ellos. Sencillamente te fuiste y mentiría
si diría que no me he acordado de ti durante este tiempo pero nadie nunca sabrá
los secretos que guardamos bajo las sábanas todas las noches y las cartas de
amor que me dedicabas todas las mañanas con el desayuno en la cama.
Ciertamente, fuiste mi vida pero ahora debo vivir sin ti, sin tus besos y sin
tus manos frías.
Ahora cada vez que siento frío, te siento, no te culpo
fuimos dos equivocados en busca de un destino que nunca fue juntos. Me
equivoqué pensando que eras tú y nos mentimos con promesas que ahora le estarás
diciendo a otra, te volverás a equivocar, te volverás a enamorar pero está vez,
no me mentirás a mí.
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