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Un pequeño colibrí aleteaba rápidamente por delante de mi
mirada, rozaba lentamente mi cara y continuaba su camino. Se escuchaba el
sonido de los grillos que marcaban el latido de mi corazón cuando sentía que ni
tan siquiera yo misma podía entenderme. Me sentaba en la cama y me dedicaba a
echarle de menos mientras el reloj corría y mi mente, sola, podía imaginarse
que le tenía o al menos eso pretendía
Recordaba aquellos días en los que era cerrar los ojos y
sentir tus manos frías sobre mi espalda provocando escalofríos. Conocía todos y
cada uno de los lunares perdidos en su cuerpo, juntos sumaban 124. Los
estúpidos lunares de la espalda que marcaban una silueta que me transmitía algo
más de lo que fue capaz de decirme con
palabras. Todas las noches a la bajada de la luna, abría mis pequeños ojos
oscuros y le veía dormir. Era probablemente, la primera maravilla del mundo. Su
cabeza perfectamente recostada en el colchón, aquel colchón que aguantaba
también el peso de nuestros sueños. Su precioso torso ligeramente moreno tapado
con la delgada sábana que cubría también el mío. Podía pasarme horas mirándole.
Hasta sus gestos cuando dormía tenían algo especial que me encantaba. Resultaba
bonito despertarse tan cerca de sus delicados labios perfectamente perfilados y
con su ligero tono rosa tan peculiar que los hacían únicos. Nuestra guerra
todas las mañanas antes de comenzar los días, antes de enfrentarnos al mundo
que muchas veces nos quitaba las ganas de caminar.
Siempre que anochecía recostados en nuestro pequeño sillón
negro, nos contábamos las vivencias del día mientras me inventaba mil formas de
perder la cabeza con él. Todo empezaba con delicados besos y acababan en te quiero
con ritmo de canciones. Ni tan siquiera yo me daba cuenta lo loca que me podía
volver por él. Cada segundo, por mi mente, era una imagen suya en la que yo
maldecía que fuera tan increíblemente imperfecto para todos pero tan
alucinantemente perfecto para mí.
Eran sus caderas las que me hacían olvidar los besos que me
daba en la comisura de los labios. Devolverme las ganas de todo y él mismo
saber cómo quitármelas, Siento que a pesar de mi larga lista de peros, le
quiero más de lo que nunca podré expresarle y siempre le acabaré echando de menos
cuando cuente los lunares en la espalda de cualquier otro que no sea él. Aunque
nunca puedan dibujar aquella silueta en forma de corazón que tenía perfectamente marcada en la espalda, que me encantaba remarcar cada mañana
antes de poner el primer pie en el suelo. Algo que siempre recordaré aunque
estés más lejos que ayer y más cerca que mañana. A pesar de todo nunca podré
olvidar los 124 lunares que marcaban el final del día y el comienzo de la
noche.
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