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miércoles, 4 de febrero de 2015

"Mi norte, mi soporte."


La noche era oscura, era pleno invierno. Ese momento en el que la gente aprovecha para quedarse en casa leyendo un libro. Yo estaba en el lado izquierdo de mi cama, viendo fotos, mientras él me hacia dibujos en la espalda, con cierto sentido o al menos para él lo tenían. Me acurrucaba entre su pecho, mientras se dedicaba a hacerme cosquillas y yo reía sin parar, como si ni tan siquiera hubiera un mañana.

Me tumbaba encima suyo con las mantas por encima , era una de las diez maravillas del mundo. Aunque fuera de aquella cama nadie escuchaba sus gemidos, y mucho menos observaban su cara justo antes de explotar, nadie conoce esa cara lo bien que la conozco yo. Siempre, al acabar, saca una sonrisa y eso,  es lo más bonito que he visto en mi vida.

Su espalda es un verso de Pablo Neruda , y sus caderas están perfectamente alineadas con su sonrisa, tan pequeña y tan sincera, la cual oculta sus pequeños dientes perfectos. Sus ojos, los cuales te llevan a otro lugar cuando el frío acecha, y su silueta perfecta en la mampara de la ducha cuando le observo después de habernos hecho poesía debajo de las sabanas.


Estaba enamorada de él más de lo que nunca imaginé que estaría, me hacía sentir escalofríos en cualquier momento y me dedicaba su primera sonrisa y su último "Te quiero" antes de irse a dormir, quizás eso era lo que más me gustaba de él. Que sabía quererme, a su manera pero después de haber conocido esa manera de querer tan particular, creo que no quiero que nadie más me quiera.

Siempre sonaba el reloj para marcar las horas, y supongo que muchas veces era lo único que nos separaba el día de la noche porque junto a él todas las noches eran más días y sin él todos los días eran más noches.

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