Un buen día a la una de la madrugada el mundo estaba silencioso. Yo seguía con los cascos puestos y la música retumbando en mis oídos. Era una noche fría de invierno, la letra de la música entraba por mis oídos y me hacía pensar, ese grupo de música parecía explicar mis sentimientos en sus versos. Miraba hacia el techo de mi habitación y una leve luz salió de mi móvil, ¿Un mensaje? ¿A estas horas? Cogí el móvil y mire la pequeña pantalla que rápidamente aparte de mis ojos, era una luz demasiado intensa para tanta oscuridad. La música seguía repitiendo el estribillo una vez tras otra, ese estribillo que me definía en unos versos. Intenté mirar la pantalla del teléfono, conseguí leer lo que ponía: "Andrea, sin ti todo lo que queremos conseguir es imposible". No entendía la razón del mensaje, ¿Por qué me enviaban un mensaje así? En ese momento la música me dio la respuesta, MEJOR FALLAR QUE NO INTENTAR. Entendí todo, respondí a aquel mensaje con un simple: "Contar conmigo, mañana hablamos". Desperté alterada, eran las 2 del mediodía, me vestí y salí de casa en busca de un parque en el que pensar. Me senté en mi parque, el parque que tantos lloros había escuchado. Mire el cielo, a pesar de ser invierno, hacía calor y había un sol reluciente. Noté una mano tocando mi espalda y una voz conocida que decía: "Sabía que estarías aquí, no podía ser en otro lugar" me giré y hay estaba mi querido amigo Rubén. Él sabía que algo sucedía mi forma de ser había cambiado desde aquel extraño mensaje. Entablamos una larga conversación que duro horas en la que le dije todo lo que sentía, todo por lo que estaba luchando y todo lo que quería dejar de lado. Él me respondió que sabia lo del mensaje y que lo mejor era que siguiera lo que me dijera el corazón. Mis ideales me decían que seguiría intentando, pero algo en mi detenía esa lucha, el miedo. El miedo a fracasar como tantas veces, ese miedo que no paraliza y nos prohibe ser felices. Se fue con una frase muy conocida: "Ante todo, la cabeza alta y el puño al aire" levanté la cabeza como no lo había echo nunca y dije:

- Es mi momento, no puedo fallar. La última bala, mi último cartucho.
Empecé a correr sin ningún rumbo fijo, con la mente clara y las ideas con ella. Corrí durante horas en busca de algo que podría hacerme olvidar. Cogí mi balón ese que nunca me había dejado de lado, ese que me había acompañado en todos mis días. A las 8 salía el autobús rumbo a Barcelona, donde mi sueño se podía cumplir, el sueño de ser campeona y ganar un trofeo con ellas, con mi equipo. Mi equipo que con ese mensaje me había echo entrar en razón. Preparé la maleta y me fui de casa sin dar ninguna explicación. Al llegar estaban todas allí, nos montamos en el bus y cogimos rumbo hacia la ciudad de los sueños, hacia la ciudad en la que conseguiría aprender a ser feliz.
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