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domingo, 12 de enero de 2014

La rosa roja.

Era una tarde fría de invierno, los copos caían incesantemente a velocidad de vértigo como si de caballos galopando por el monte se tratase. Yo me mantenía de pies entre tanto desconocido. El cuerpo me temblaba, me faltaba abrigo para sentirme más segura pero a pesar de todo sentía que el mundo estaba cambiando. En ese momento, el cielo daba una pequeña tregua a pesar de que el sol, seguía oculto entre el abundante número de nubes que había en el firmamento. La noche se empezó a entrar en aquel parque, ya desierto. Cuando la última alma que quedaba era la mía. Me levanté de aquel banco blanco. Detuve la mirada en aquel columpio que se balanceaba solo a causa del frío. Mi nefasto pulso empezó a temblar mientras buscaba en la mochila mis cascos rojos como aquella rosa que a pesar del frío, sin saber como se mantenía viva. Agarré la rosa con la palma de la mano delicadamente. En los cascos sonaba el Rock de todos los días, mientras se metía en mis pensamientos. En un momento concreto de la canción cerré la mano lo más fuerte que pude, sin ni tan siquiera darme cuenta de que la rosa seguía en mi mano. Noté como sus espinas se clavaban en mi piel. Abrí los ojos y vi mi mano ensangrentada. Creo que fue el único momento que me paré a pensar detenidamente que estaba haciendo en aquel parque desierto con la baja temperatura que había. En realidad, ni tan siquiera yo sabía que hacía allí. Aquel pensamiento pasó a un lado, solté la rosa y me senté en el columpio. La lista de reproducción continuaba haciendo maravillas en mis oídos y escalofríos por todo el cuerpo me recorrían mientras uno de mis cantantes favoritos continuaba con aquella canción. Sentí una mano congelada en mis ojos, aquel olor me resultaba familiar. ¿Quién estaría detrás? Deje de sentir aquellas manos que cubrían mi rostro y me gire pero aquello estaba desierto. Cerré los ojos y sentí como me arrancaban el casco derecho. Sentí miedo, no entendía que estaba sucediendo. Escuché una voz familiar a lo lejos, una voz que susurraba un te quiero. Una voz grave y rasgada que nada más escucharla podías sentir como el vello de tu brazo cobraba vida. De pronto sentí otro tirón y de golpe se me cayó al suelo el móvil. Se me paralizo el cuerpo mientras recogía el móvil del suelo, sentí como en frente tenía unas piernas. Levanté la cabeza con una lagrima en los ojos, una lagrima congelada por el frío y el miedo que sentía. Y le vi delante mio, podría jurarlo ante un tribunal o ante cualquiera que negara lo que aquella tarde de invierno sucedió. Cerré los ojos pensando que todo aquello estaba siendo un sueño. Me empece a dar leves golpes en la mejilla, mientras lloraba como llora un bebe la primera vez que le alejan de su madre. La palma de su mano sujeto la mía y con un leve susurro dijo: "Por favor, para". Tuve ganas de salir corriendo pero en realidad aquel momento estaba siendo único. Me continuo hablando "Andrea, no debes estar mal. A pesar de que yo no este personalmente cerca tuyo, siempre estaré a tu lado. No olvides que te quiero y decirte que ahora soy feliz". Rompí a llorar en su pecho mientras mis palabras se quedaban en mi garganta sin encontrar la salida. Rompí aquellos llantos y le dije con la voz más temblorosa que me había escuchado nunca: "No olvides que te quiero, no esperes que te olvide. Gracias por todo Abuelo". Lo último que recuerdo fue que de repente caí al suelo rendida en aquel suelo cubierto de copos de nieve. Recogí el móvil y empecé a andar de camino a casa con la sonrisa más grande que tenía guardada y con las ideas más claras que nunca. Mi mano herida por aquella rosa roja mantenía mi móvil en las manos y la música hacía compañía al momento que estaba viviendo. Llegue a casa y me senté delante de un papel en blanco y escribí un "Siempre" en aquella hoja en blanco. Aquel día madure de golpe. Aquel día, cambió mi vida. Quizás de una forma demasiado dura o simplemente de una forma diferente a como la hacen los demás adolescentes. Sólo sé que aquel día me dí cuenta que tenía una oportunidad para hacer historia y que la vida me estaba regalando lo más precioso que tenía, La felicidad.

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