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jueves, 23 de enero de 2014

Una noche cualquiera.



Estábamos sumergidos en la típica noche suicida en la que todos buscamos sentirnos protegidos ante tanta tenebrosidad. Mis ojos empezaban a cerrarse lentamente como cuando lloramos en silencio y las lágrimas se derraman por nuestras mejillas tan despacio que entre gota y gota pasan minutos eternos. Justo entonces mis manos temblorosas rozaban el colchón con cierto amor. Sentí un leve escalofrío al ver que en aquella diminuta y acogedora cama no solo sujetaba mi cuerpo. Mi mano continuo su camino y poco a poco mi cabeza se iba girando, lentamente. Me pesaba todo el cuerpo, estaba demasiado agotada como para incluso hacer movimientos. Sin acabar de rozar con mi mano las sábanas, me quede dormida en un profundo sueño del que ni yo misma sabía que podía encontrarme al despertar. Perdida en mi propio sueño la música de mi despertador se mezclaba con la música ambiente que resonaba en mi utópico sueño. Al menos, utópico por ese instante. Poco a poco fui abandonando el mundo de los sueños en el que ser feliz y controlar muchas situaciones es totalmente sencillo comparado con la actual vida real. Mis parpados comenzaban a pestañear. Nadie, ni yo misma, sabía lo que me iba a encontrar en aquel lado de la cama vacío. Me giré muy lentamente con cierto miedo y ansia a su vez. Nada más girar la cabeza, las lágrimas comenzaron a derrarmarse por mi mejilla como si una lluvia en pleno Abril inundará Barcelona. Comencé a temblar como nunca antes había temblado. intente levantarme de la cama con aquella sorpresa agarrada con mis manos y cual apretaba contra mi pecho para intentar despertar de aquel sueño que estaba viviendo. Me levanté y me derrumbe en el suelo. Aquello no podía ser real. Me miré a un espejo que tenía en la habitación lleno de fotos de jugadores de Baloncesto en el que apenas quedaba hueco para verte a ti mismo. Me tumbe en el suelo tratando de no perder el conocimiento. Un papel cayó de mi escritorio. Me dispuse a recogerlo cuando me di cuenta que aquella letra no era la mía. Me levanté del suelo y me senté en la silla, comencé a leer aquella carta: 

"Existen veces que creemos que los sueños están rozando el cielo y que no somos capaces de llegar a ellos. Siempre tuviste el mundo a tus pies. Todos, incluso yo, que no te conocíamos sabíamos que guardabas un talento alucinante dentro de ti. Era momento de que dieras el salto y demostrarás que no eras menos que yo. Porque tú, demuestras día tras día que tienes algo que nadie ha tenido nunca. Tienes esa fuerza para resurgir de la nada y demostrar que eres más fuerte que ayer alucinante. Creaste algo que nadie puede derrumbar, te creaste. Aprendiste a luchar por lo que de verdad amabas pero sobre todo a pesar de que todo estuviera en contra sabías dar el salto para llegar a tus metas. Siempre fui tu ídolo. Lo siento, ahora, tú eres mi ídolo. Espero que la camiseta y la dedicatoria que tienes en ella te encante pero quiero que sepas que te espero para jugar un partido de baloncesto. Así que puedes prepararte, tu vida solo acaba de empezar." 


Me puse la camiseta a la velocidad de un rayo, quizás más rápido. Sólo sé que pasaron menos de 3 minutos y ya me encontraba en la calle. Con mi pantalón de Baloncesto, mi pequeño balón que me llevaba acompañando tantos años y una sonrisa tan grande como el universo. Fue montarme en el coche y en menos de un abrir y cerrar de ojos encontrarme en la cancha de mi colegio. Aquello estaba lleno, demasiada gente conocida. Baje la vista y en ese momento perdí el conocimiento por unos segundos. Baje corriendo las escaleras que llevaban a pista y le observe detenidamente, aquello no podía ser real. Todo mi equipo me esperaba en el banquillo, la música estaba demasiado alta. Tarde en girar la cabeza para mirar el otro banquillo apenas 4 segundos y en ese momento, en aquel momento desee ser yo. En aquel momento nadie supo lo feliz que podía ser. Miré a la grada, lleno absoluto. Miré al banquillo, sonrisas de oreja a oreja. Mirará donde mirará todos los ojos acababan en mi. En mi perfecta camiseta y dedicación con la que había pasado toda la noche. Llorando, me deshice del polar que llevaba encima y deje a relucir el número 23 a mi espalda. 

El partido comenzó como otros cualquiera, el momento en el que el arbitro suelta el balón. Ese momento en el que deseas que ese instante dure para toda la vida y ansias poder demostrar una vez más todo lo que vales. Un partido de Baloncesto, un corre tiempo de los que algunos llamamos vida. 40 minutos en los que todo nuestro al rededor se borra y solo estamos nosotros, nuestro equipo y un partido que ganar. Levantar la cabeza y ver a un público que viene a animarte, saber que no puedes decepcionar. Que aquello es lo único que te llena y que a pesar de todo es capaz de hacerte feliz. El tiempo es capaz de correr a toda velocidad, en ese momento los sueños superan la realidad. El Baloncesto es un sueño pero no existe nada mejor que llevar un 23 a la espalda y saber que en frente tienes a lo único que te empujó a seguir con esto. Miré hacía arriba. 

Escuché un extraño ruido y me levanté en la cama. Todo había sido un sueño pero moví la cabeza y no me hizo falta volver a pensar, solo ver que mi camiseta con el 23 seguía en mi cama y que el Baloncesto es capaz de hacerme volar y llegar tan alto que ni tan siquiera el cielo pueda mirar hacía abajo para verte porque estas en tus sueños, mucho más lejos de esto que llaman realidad. Estas jugando a Baloncesto.



                                                                                     

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