La vida me ha enseñado que técnicamente todos los finales no deberían ser tristes, pero, realmente el noventa porciento de los finales son tristes. El problema quizás no sea que hemos perdido las ganas de vivir, sino que han ganado las ganas de morir. Me sorprende que la vida sea tan injusta para algunos y tan perfecta para otros pero, yo creo, que el problema va mucho más al fondo del asunto. La vida es aquello que te atreves a vivir, no aquello que vives, ya que, vivimos en una rutina diaria donde no existe momento para una sonrisa y donde ni mucho menos, podemos pararnos a hablar con los que queremos y así dedicarles unos minutos al día. Hemos pasado de conocer el amor eterno a que todos los amores sean de una noche. De pasar tiempo con los amigos a pasar las horas con el móvil interactuando con gente que nunca será capaz de hacer absolutamente nada por nosotros. La vida es eso que sigue mientras muchos pasan las horas mirando a un reloj o intentando cambiar algo del pasado. Pero la vida pasa, y quizás no sea la mejor forma de intentar ser felices pero la única verdad de todo esto es que se nos ha olvidado que no todos los finales tienen que ser tristes, se nos olvido hace tiempo que todo lo que un día intentas y fracasas, mañana serán tus méritos. Que no debemos de ser felices pero debemos acabar con eso de los finales tristes.
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