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lunes, 14 de octubre de 2013

Aquella lluvia.

Aquel día recuerdo que llovía mucho. Recuerdo que el cielo hacía justicia, por fin, necesitaba la lluvia. Entonces, mientras todo el mundo corría para no mojarse, yo me senté en un banco. Entonces el viento empezó a sacudir el árbol, el árbol que llevaba años de pies, empezó a tambalearse. 
¿Había llegado su hora? 
El viento se tomo un respiro y de nuevo las nubes habrían paso al sol, a un sol que aunque yo miraba de diferente manera. Entendía que igual, todo el tiempo que había pasado ocultada del sol debajo de aquel árbol había necesitado estar en el sol y darme cuenta simplemente que por muchas ramas que me estuvieron ocultando el sol, la mayor rama había sido que yo no quería verlo. No quería ver que quizás era hora de decir basta, de saber que era hora de otro momento, que era hora de decir que no al miedo. Por que el miedo es el mayor de nuestros enemigos. 
Entonces me cambié de banco, en aquel daba el sol. Miré al cielo y con el sol, comenzó a llover pero con una gran diferencia, aquella lluvia venia para empaparme de la fuerza necesaria para saltar otra piedra y seguir caminando. 

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